domingo 8 de noviembre de 2009

Una heroína


Ayer sábado me compré "Mémoires de Charlotte Corday. Écrits dans les jours qui précédèrent son exécution". (Memorias de Charlotte Corday. Escritas en los días precedentes a su ejecución.), de Catherine Decours, Plon, 2009. Por supuesto, es una novela, basada en una rigurosa investigación histórica, no sólo en los archivos sino en entrevistas a descendientes de la gran Charlotte, asi como de los personajes que la conocieron.
El libro tiene un exergo a manera de dedicatoria, " a esa que quizás no fue un modelo, pero que constituye un ejemplo". El de la verdadera heroína.
(A lo que me referiré a continuación, no es producto de la imaginación de la autora del libro sino los hechos históricos per se.)
No sabía yo que el pintor David, además de firmar sentencias de muerte, se encargó de verificar, ayudado, desde luego, por un doctor, la virginidad del cuerpo sin cabeza de Charlotte, tras el aguillotinamiento, pues se sabe que para las revolucionarios la moral es cosa muy importante. Decepción para David, y sus acólitos jacobinos que esperaban por su informe: la doncella Corday murió virgen.
Confieso que me esperaba de David, comisario político sediento de sangre, cualquier cosa menos ésta. Sospecho que él fue quien propuso investigarle la virginidad al cadáver, dado su talento propagandístico. Pero que estuviera junto al doctor, dirigiendo a éste...No podía ni siquiera justificarlo un interés anatómico, en tanto pintor, pues mucho sabía del asunto, previamente. Su único motivo, ya que era "artista", y artista, y grande, malgré, era demostrar ser más "revolucionario" que sus colegas estrictamente políticos, non-artistas.
Por cierto, quien único intentó salvar a Charlotte Corday de la guillotina fue Montané, acusador público, al proponer en el proceso el sustituir la cuestión para los jurados de si ella "tuvo intenciones criminales y contrarrevolucionarias" " por "intenciones criminales y premeditadas". Puesto que la denominación de "contrarrevolucionaria" era sinónimo de la pena de muerte. El caballeroso Montané no tuvo éxito. Más aún, fue enviado a prisión por su intento.
Cuando Charlotte Corday, descendiente de Corneille, recorría las calles de París en la carreta, desde la Concergierie, con sus hermosos cabellos largos cortados ya, preparado el cuello para la cuchilla, tuvo de súbito un enamorado que cayó rendido a sus pies. Tanto, que le costó a su vez el ser guillotinado días después.
Pero Charlotte Corday era una verdadera heroína.
Tal fue el atractivo erótico que le encontró su enamorado repentino, mártir luego a su vez.
Corday había matado a Marat, como saben.
El enamorado en cuestión era un alemán, Adam Lux, representante de Mainz en Francia, y naturalmente, revolucionario.
Sólo que un día, poco antes, ciertamente, del apuñalamiento de Marat por Corday, Lux encontró que los jacobinos eran "culpables y criminales, tienen siempre en la boca las palabras de la República y de la virtud a las que sus conductas se oponen".
Entonces, cuando vió pasar a Charlotte, vestida con un ordinario blusón rojo, conducida por el verdugo Sanson, ella sola, camino de la plaza de la Revolución para ser guillotinada, el alemán escribió:
"He visto su inalterable dulzura en medio de los gritos bárbaros. Su mirada, tan tierna, tan penetrante, estallaba bajo sus bellos ojos en los que hablaba un alma tan suave como intrépida, ojos encantadores que hubiesen conmovido a las rocas. ¡Recuerdo único e inmortal! ¡La mirada de un ángel que penetró íntimamente mi corazón, llenándolo de emociones violentas que me eran desconocidas hasta entonces! (...) Con el fin que la tiranía se termine, en el mismo lugar de la muerte de la sublime Charlotte Corday, deberá haber una estatua suya con la inscripción: Más grande que Brutus."
Este admirador lírico de la heroína fue arrestado al día siguiente de su declaración amorosa, y guillotinado en breve.

Los grandes Tres tenores: di Stefano, del Monaco, Corelli

"E lucevan le stelle", Tosca, de Puccini.
Giuseppe di Stefano, Mario del Monaco, Franco Corelli.
Me inclino por el último.

viernes 6 de noviembre de 2009

Lévi-Strauss: el Islam

(Gracias a Y.)
"...su reticencia respecto del Islam. Esta última es tan fuerte que ciertas páginas de "Tristes Tropiques", poco advertidas en aquella época, le costarían seguramente a su autor protestas virulentas si aparecieran hoy". (Roger- Pol Droit, en Le Monde, el pasado 5 de noviembre.)
"Tristes Tropiques", de Claude Lévi-Strauss, aparecido en 1955. Lo cito:

"Todo el Islam parece, en efecto, un método para desarrollar en el espíritu de los creyentes conflictos insalvables, para salvarlos luego proponiéndoles soluciones de una muy gran (pero demasiado grande) simplicidad. Con una mano, se les precipita; con la otra, se les retiene al borde del abismo. ¿Se preocupan ustedes de la virtud de vuestras esposas e hijas mientras están en campaña? Nada más simple: vélenlas y encláustrenlas. Es de esa manera que se llega a la burka moderna, parecida a un aparato ortopédico con su corte complicado, sus ventanillas en pasamantería para la visión, sus botones de presión y sus cordones, el tejido grueso con el que se confecciona para adaptarse exactamente a los contornos del cuerpo humano al mismo tiempo que disimularlo lo más completamente posible. Pero, así, la frontera de la preocupación se ha tan sólo desplazado, puesto que ahora es suficiente que alguien roce a la mujer de uno para deshonrarlo, y usted se atormentará aún más."
(...)
"Gran religión, que se basa menos sobre la evidencia de una revelación que sobre la impotencia de establecer lazos fuera de ella. (...) Ellos son, sin embargo ( lo cual es más grave), incapaces de soportar la existencia del otro en tanto otro. El único medio para ellos de resguardarse de la duda y la humillación consiste en la 'anihilación' del otro, considerado como testigo de otra fe y de otra conducta. La fraternidad islámica es el envés de un rechazo contra los infieles que no puede confesarse, ya que, reconociéndose como tal, ello equivaldría a reconocer a los infieles como existentes".
(Nota mía: de ahí que, una vez "reconocidos", sea que los infieles se convierten por las buenas o por las malas. Pero un mundo con "infieles" no es posible en esa cosmovisión islámica.)
(...)
"Este malestar sentido al conocer al Islam, no conozco sino demasiado las razones: el Islam es el Occidente del Oriente. Incluso, más precisamente: tenía que encontrar al Islam para medir el peligro que amenaza hoy al pensamiento francés. Yo no perdono al primero el mostrarme nuestra imagen, el obligarme a constatar cuánto Francia está en el camino de devenir musulmana".
(...)
"La evolución racional es inversa a la de la historia: el Islam cortó en dos un mundo más civilizado. Lo que le parece actual forma parte de una época pasada, él vive en un desfase milenario".
(...)
"Al encerrar a las mujeres, el Islam impide el acceso al seno maternal. (Nota mía: la profunda perturbación producida por lo que preconiza el Islam reside en esta negación de lo esencial natural: el haber nacido de una mujer.) Por este medio, sin duda, él espera también obtener la calma, pero la basa en exclusiones: en la de las mujeres de la vida social, y en la de los infieles de la comunidad espiritual."
(...)
"Que Occidente vuelva a las fuentes de su fractura: interponiéndose entre el budismo y el cristianismo, el Islam nos ha islamizado..."

Lévi- Strauss escribió esas conclusiones tras su viaje a la India en 1947-1948, donde entró en contacto con el Islam, allí. (Luego, como se sabe, se produjo la partición que condujo al actual Pakistán.)
¿Quién fue más desprejuiciado que él? ¿Quién contribuyó más a abolir cualquier posible etnocentrismo?
Y tuvo horror tan sólo del Islam.

jueves 5 de noviembre de 2009

Zoé Valdés en el Museo del Louvre


"Una novelista en el Museo del Louvre", de Zoé Valdés, viene de ser publicado por la editorial La otra orilla. En homenaje, y agradecimiento, a Manuel Mújica Láinez, el autor de "Un novelista en el Museo del Prado", publicado por la misma editorial. Es uno de los juegos literarios que puntean el libro, pleno de resonancias textuales -como si fuera poco la inmersión visual, de la mano, tan sólo, de la palabra misma, en las estrictamente plásticas-, que instalan al lector en un placer irresistible...y veloz: las 215 páginas del volumen se devoran de una vez, como si fuera justo una impresión "fotográfica" de la luz, la de un único cuadro, compuesto en caleidoscopio, en la antigua manera holandesa, por todos los que inspiraron a la novelista, quien nunca más ha podido salir del Louvre, "desde el año 1983 resido y convivo con los espectros dibujados o cincelados".
Ésta es una de las claves "mágicas" de la última entrega de Valdés: la capacidad para fundir las disímiles referencias pictóricas en una imagen, ciertamente (y de una parte) narrativa, pero la fuerza inefable de la misma apunta a otro tipo de creación, acaso aquella en la que convivían, en la noche de los tiempos, lo visto y lo aún no nombrado, y dicen que entonces un tal Adán se encargó de nombrar las cosas.
En este caso, Zoé Valdés se ha encargado de "nombrar" los cuadros.
Aun si lo narrativo es esencial y hasta definitorio, sospecharía que es el edicto de Eugène Delacroix (él mismo recorrido en el texto) lo que Valdés ha convertido en carne verbal: "El poeta se salva por la sucesión de imágenes. El pintor, se salva por su simultaneidad".
La otra clave "mágica" es quizás más estentórea y lúdica (donde excele la autora), pero no menos importante. La imagen, y lo representado, son (¿fueron?) un medio del conocimiento. Quien más supo de esto fue probablemente Leonardo da Vinci, el que, mejor aún, hizo del rostro humano el Conocimiento.
La novelista, la poeta, transforma la intuición de da Vinci en la materia de lo real, trascendiendo lo "onírico" y lo "alucinatorio" de que "los personajes de los cuadros tienen vida". Si bien esto es una suerte de trampolín (¿alguien podría negar que ellos no posean vida?) para la invención de la autora, son sus aportes y aproximaciones psicológicas (entre otras, prefiero la de "Medea furiosa" de Delacroix: "ella misma es el origen de su furia, todo lo sabe sobre sí misma...") el hálito más significativo, y se encuentra en el propio entramado de la imaginación crítica de Zoé Valdés.
En un momento de la historia de la pintura, ésta era narrativa en sí, como se sabe, aunque los medios de tal "lenguaje" no fueran, entonces, tan explícitos como podríamos concebirlos en tanto tales hoy por hoy.
"Una novelista en el Museo del Louvre" re-instala, en una forma puramente literaria, y punzantemente contemporánea, esa tradición que se ha hecho un arcano.
Por demás, es un regalo de alta cultura, y de cultura visual, la más difícil de obtener. La belleza, sin dudas, ha descendido.
Y al mismo tiempo, es un libro, página por página, divertidísimo.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Triste universo sin Claude Lévi-Strauss. Por Jacobo Machover

Claude Lévi-Strauss vivió cien años. Un siglo en que el sabio francés, originario de una familia judía de Alsacia, lo vio todo, lo vivió todo. Fue mucho más que un antropólogo o un teórico del estructuralismo.
En el inicio estuvo Brasil, cuando Lévi-Strauss, en 1935, abandonó su carrera de profesor de Filosofía para lanzarse en una aventura en las antípodas: el desarrollo de la Escuela francesa de Sao Paulo, pionera en el estudio de las poblaciones indígenas de América. Eso le ofrece la oportunidad de aprender algo nuevo en lugar de enseñar lo de siempre. Decide conocer y estudiar las costumbres de los indios de Mato Grosso y de la Amazonia: los Caduveos, los Bororos, los Nambikwaras, los Tupis-Kawahibs… Apunta lo que le parece esencial, sin ninguna ingenuidad. También dibuja, para recordar más tarde, veinte años después.
Llevará a cabo varias expediciones, nunca solo, antes de regresar a Francia. En el Viejo Continente es donde ve la barbarie. Los salvajes no son los indios brasileños, a los que Lévi-Strauss profesará un amor eterno, sino los alemanes, supuestamente tan civilizados otrora. El antropólogo debe huir, por ser judío, como tantos de sus semejantes. Se va a New York, junto con otros intelectuales, entre ellos sus amigos surrealistas, particularmente André Breton. Así regresa a su continente de elección, América, y sigue estudiando, otras poblaciones, e impregnándose de todas las culturas a su alcance.
Sólo diez años después de su regreso a Francia, una vez acabada la segunda guerra mundial, se pone a escribir, en 1955, lo que será su primer libro y su obra maestra: “Tristes trópicos”. Ya en el título arremete contra los lugares comunes, para burlarse luego de sí mismo en su introducción: “Je hais les voyages et les explorateurs” (“Odio los viajes y a los exploradores”). Pero el libro, que no es un relato de viajes, ni un tratado, ni una novela, sino todo eso a la vez, encierra también una declaración de amor hacia esos indios que viven fuera de toda ley y de toda religión. Al final del volumen, Lévi-Strauss narra también su periplo de regreso, que abarca prácticamente al mundo entero. Y allí, sorprendentemente, arremete contra el islam, por considerar a esa religión como la antítesis de la sensualidad, que él había conocido en la selva. Escribe Lévi-Strauss:
“En un plano estético, el puritanismo islámico, aunque ha renunciado a abolir la sensualidad, se contentó con reducirla a sus formas menores: perfumes, encajes, bordados y jardines. En un plano moral, topamos con el mismo equívoco, el de una tolerancia proclamada a pesar de un proselitismo cuyo carácter compulsivo es evidente. En realidad, cualquier contacto con los no-musulmanes provoca en ellos angustia. Sus costumbres provincianas se ven perpetuadas por la amenaza que representan otras costumbres más libres y menos rígidas que las suyas, y que pueden alterarlas simplemente por su cercanía. En lugar de hablar de tolerancia, sería mejor decir que esa tolerancia, si de verdad existiera, constituye una victoria perpetua sobre sí mismos. Al preconizarla, el Profeta los ha colocado en una situación de crisis permanente, resultante de la contradicción entre el alcance universal de la revelación y el admitir la pluralidad de las creencias religiosas.”
La violencia del rechazo de Lévi-Strauss es complementaria de la aceptación de las otras religiones, de la “benevolencia universal del budismo”, del “deseo cristiano de diálogo”. El gran sabio no era un teórico bien pensante, ni tampoco simplemente uno de los precursores del estructuralismo con sus summas académicas posteriores. Era un hombre de una sensibilidad extrema, con una cultura literaria, artística y musical enciclopédica pero, sobre todo, de una gran modestia en cuanto a la apología de una civilización cualquiera. No creyó nunca en un mundo ideal aunque encontró una felicidad que nunca más olvidaría, allá perdido en la selva, lejos de las contingencias materiales, de las guerras y de los fanatismos, políticos y religiosos, pero en íntimo contacto con la sensualidad natural de esos pueblos que, en aquel entonces, lo adoptaron como uno más de los suyos. Sin él, sus trópicos estarán cada día más tristes, y el universo entero también.

martes 3 de noviembre de 2009

"Desde George Orwell a Heberto Padilla: la retórica y el eufemismo de las revoluciones". Jaime Collyer

(Gracias a Belkis Cuza Malé.)

Artículo de Jaime Collyer, aparecido en El Mercurio de Santiago de Chile. No me funciona el link, por lo cual lo he tan sólo copiado.

Desde George Orwell a Heberto Padilla:
La retórica y el eufemismo de las revoluciones

Más allá del caso cubano, hay ciertos procedimientos retóricos de las Revoluciones, o de los giros autoritarios en un sentido amplio, que parecen incidir en los "pendulazos" conocidos de la intelectualidad que las vive o testimonia.

JAIME COLLYER

"El pueblo quiere el bien", decía Robespierre, "pero no siempre lo ve". Atribulado por esa carencia presunta de su rebaño, resolvió enmendarla por su cuenta y riesgo, con el Terror como inspiración y la guillotina como su instrumento preferido. Condorcet se opuso -entre otros muchos adherentes a la Revolución en su fase inicial- al dictum del líder jacobino, transformándose en un caso ilustrativo y precoz, pero luego muy habitual, de la denominada "disidencia contrarrevolucionaria", con todas sus paradojas a cuestas: mientras redactaba, oculto y en la clandestinidad, su obra capital, el "Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano", en la cual afirmaba que el progreso humano era "indefinido" y la Revolución una forma de consagrarlo, las huestes jacobinas lo rastreaban por París para rebanarle el cuello con el arma tangible del progreso.

¿De dónde surge esa relación conflictiva de los escritores con el poder y, casi ineludiblemente, con las revoluciones? ¿Será en efecto tan conflictiva, o, más bien, que la resonancia alcanzada por los más renombrados de entre esos disidentes (Orwell y Solzhenitsyn, Kundera y Padilla, y hasta el propio Neruda en el caso cubano) la ha exacerbado a niveles míticos, ocultando sus propias vacilaciones e ingenuidades, el fervor irreflexivo y ambiguo de esos compañeros de viaje arrepentidos sobre la marcha? No es un tema sencillo, ni la respuesta una sola, pero la casuística, los ejemplos conocidos y tan ilustrativos, sugiere algunas constantes.

Compañeros de viaje cuestionados

Es evidente que el giro revolucionario suscita, en sus promisorios inicios, la adhesión más o menos incondicional de los intelectuales y escritores que pululan en su entorno. Todos fuimos, en torno al segundo tercio del siglo veinte, acólitos de esa parroquia, devotos seguidores de su escolástica peculiar y sus métodos insurgentes. Hay quien dice que el bolchevismo juvenil es una enfermedad incurable, que no se le pasa a uno jamás, que sólo queda en estado larvario -cuando sobrevienen la decepción y/o la represión- y agazapado dentro de uno, a la espera de su hora propicia. Aun cuando tiendo a coincidir con el diagnóstico, o es mi caso particular, hay a la vez ejemplos muy nítidos en contrario. Arthur Koestler, que adhirió al Partido Comunista Alemán en 1931, resumió bien esa peripecia oscilante, desde su entusiasmo inaugural al crudo desencanto que lo invadió luego: "Llegué al comunismo en busca de un manantial de agua fresca. Me alejé de él como quien huye de una ciénaga infestada de cadáveres". La metáfora acuática parece acertada: el giro revolucionario es una suerte de marea incontenible y convocante que todo lo arrastra consigo, las lealtades y oportunismos por igual, las ansias personales de gloria y a la vez la sed de justicia, un tsunami por derecho propio. Un Diluvio Universal donde sobrevive el Arca residual de los escogidos, el carro de la historia que avanza inmisericorde e incluye, casi siempre, a los intelectuales. A los escritores y su pluma, dispuesta a sumarse incluso al mensaje oficial.

Suele ocurrir, por ende, que esos mismos intelectuales sean, en la primera hora, los más ardientes defensores del nuevo orden revolucionario. Su propia agenda coincide en alguna medida con la del establishment partidista. El mismo Koestler no se desembarcó del Arca sino hasta que presenció en la Unión Soviética algún juicio temprano a un militante bolchevique de menor cuantía, en claro anticipo de los llamados "procesos de Moscú", esa infamia escenificada por Stalin a fines de los años treinta para descabezar a la totalidad del partido Bolchevique, con confesiones inducidas bajo cuerda, como se estila hoy en Guantánamo.

En "El cero y el infinito", su novela más lograda, Arthur Koestler abunda en tales procedimientos y refiere la defenestración de Rubashov, un apparatchik soviético que ha participado, antes de su caída, en varias instancias represivas y en el papel del victimario, hasta que le llega su turno. "La verdad es sólo aquello que es útil para la humanidad; lo falso, aquello que le hace daño", dictamina Gletkin, uno de los comisarios ahora encargado de interrogarlo y adosarle acusaciones falsas. El instrumento, en última instancia, de su condena y ejecución.

El eufemismo por delante

Es esta simplificación extrema de la verdad histórica, y de la verdad a secas, lo que posiblemente tienta a los intelectuales en su acercamiento temprano al proceso revolucionario. El caso cubano es, en tal sentido, paradigmático: muchos de los disidentes finales y más destacados (como Cabrera Infante o Heberto Padilla) fueron afines a la Revolución en su hora inicial. Al punto que muchos de ellos firmaron, en el 66, la conocida carta en la cual se le enrostraban a Neruda sus desviaciones del auténtico credo revolucionario, a raíz de la visita que el poeta chileno hizo por entonces a los Estados Unidos, invitado por el Pen Club de Nueva York. La reacción del propio Neruda es igualmente ilustrativa: a contar de allí, se negó a dar nuevamente la mano a ninguno de los firmantes de la carta, aunque nunca rompió de manera explícita con el régimen cubano, a la espera -dicen sus biógrafos- de un desagravio que nunca llegó.El llamado "caso Neruda" sugiere de algún modo, o resume, lo que fue el pendulazo de la intelectualidad de la época ante la Revolución Cubana, una hueste filocastrista en un inicio y "desencantada" luego del proceso. Pareciera que el autor de turno, enfrentado a la marea que lo convoca, se suma a ella mientras el establishment revolucionario lo incluya en la tarima, adhesión que asume, en ocasiones, un perfil grotesco. Para muestra, los varios poemas en que el propio Neruda exaltaba al compañero Stalin o hasta su "Canción de gesta", un panegírico sin dobleces del proceso cubano, que luego excluyó él mismo de alguna edición argentina de sus Obras Completas (aunque algunos atribuyen dicha exclusión al temor de que la dictadura argentina de turno secuestrara la edición). El problema es que el nuevo orden revolucionario (valga, de aquí en más, la paradoja) suele tener su propia agenda. Hoy se sabe que la famosa carta contra Neruda fue, en buena medida, un correctivo que el régimen cubano decidió aplicar al PC chileno de la época, por su línea tan renuente a las nuevas tácticas insurgentes, y que el chivo expiatorio escogido para la maniobra fue el propio Neruda. Nada personal, digamos: la verdad depende de su propia utilidad.

Más allá de esas "exigencias revolucionarias" y la coyuntura, de todo eso que legitima los procedimientos de sanción al intelectual cuando se aparta (o parece que se aparta) de la fila, las Revoluciones exhiben su propia discrecionalidad al respecto. Se dice, por ejemplo, que a Lezama Lima el propio Fidel resolvió dejarlo en paz ("Al gordo no me lo toquen") y hubo, desde luego, gran condescendencia para con eso que llegó a denominarse los "intelectuales orgánicos" de la Revolución, como fue el caso de Cintio Vitier, poeta católico que legitimó el proceso desde su perspectiva tan personal, fundiendo en una amalgama extraña catolicismo y marxismo.

Hay ciertos procedimientos retóricos de las Revoluciones, o de los giros autoritarios en un sentido amplio, que parecen incidir en los pendulazos conocidos de la intelectualidad que las vive o testimonia. El citado Koestler fue quien más claramente llamó la atención contra esas tácticas, denunciando al eufemismo y la retórica ambigua como los grandes adversarios de la libertad en nuestra era contemporánea. Cuando, por ejemplo, se habla de "solución final" en lugar de genocidio o de "apremios ilegítimos" para designar la práctica más bien procaz de arrancarle las uñas a la gente.

George Orwell representa, en esta misma vena, un paradigma singular del disidente. Nunca renunció a su condición de "hombre de izquierda", pero arremete sin ambages contra el estalinismo y los totalitarismos de su tiempo, que considera una deformación del ideario original. No en vano, él mismo acuñó en su obra novelística, y en sus diarios, términos como el de "Guerra Fría" (es, en rigor, el primero que emplea dicha noción en la historia), como el de "Gran Hermano" o el del "doble discurso".

Hay en los hombres de letras, por su propia obsesión con el lenguaje y su oficio, cierta propensión inicial a confiar más de la cuenta en la fraseología revolucionaria, de ahí sus entusiasmos precoces con los giros históricos que sugieren la "nueva era", el "hombre nuevo". La gran ironía es que esa misma propensión los lleva luego a desconfiar de la eufemística que suele ornamentar a tales procesos. En virtud de la cual, a poco andar, los buenos propósitos del comienzo se transforman en meros rótulos encubridores de la represión o los novedosos privilegios surgidos en palacio. Es, con seguridad, lo que sucedió con la Revolución Cubana. Por unos años, bastantes años, casi pareció que el nuevo discurso revolucionario conseguiría aunar voluntades en toda América Latina, desplazar a la mentira y la explotación neocolonial, restablecer una ética redentora de los despojados y una estética nueva, comprometida con la innovación vanguardista y el cambio histórico. La impostura procesal contra Heberto Padilla, los micrófonos que Edwards detectara en sus oficinas de Encargado de Negocios en La Habana, la retórica oficial que aún considera a la diáspora reciente de intelectuales como "traidores" y "apátridas", terminaron por opacar, con la desazón de sus comensales hoy ausentes, la fiesta del comienzo. Un escenario en que la verdad, ese factor tan huidizo siempre, parece depender una vez más -como decía el personaje de Koestler- de su utilidad antes que de los hechos.

Pablo Pacheco, Claudia Cadelo


El periodista independiente Pablo Pacheco, condenado a veinte años de prisión en la Primavera negra de 2003, cumple la condena en la cárcel de Canaleta, Ciego de Ávila, desde donde dicta los textos de su blog "Voz tras las rejas".
Que la voz de todos los presos de consciencia en Cuba alcance ya de una vez al mundo.
Uno de los sueños de Claudia Cadelo es que Pablo Pacheco la llame un día por teléfono y le diga que ya es libre.
Otros de sus sueños son:

"- Renuncia del Presidente del Consejo de Estados y de Ministros y la Asamblea Nacional en pleno.
- Constitución de un Estado de Derecho y preparación de Elecciones Libres, con todos los partidos participando.
- Depuración de los Servicios Secretos, los Cargos Públicos y Cuadros del Gobierno pertenecientes al Partido Comunista."

lunes 2 de noviembre de 2009

Hussein Obama, el más poderoso escritor desde Julio César


No lo sabía, acabo de verlo. Hussein O, "the most powerful writer since Julius Caesar", dijo Rocco Landesman, el chairman del National Endowment of the Arts. ( Sobre esta aproximación entre la "cultura" estatal y el jefe del estado, ¿cuántas veces hemos visto tal película?)
Reconozco, sin embargo, que es menos ser un escritor, incluso si el más "poderoso" después de Julio César, otro mortal y casi un ateo en definitiva, y quien fundó buena parte de la política occidental, que ser el propio Dios, "Obama is God", ¿lo recuerdan? Se le otorga así a Obama tanto lo que es del César como lo que es de Dios, en una revisión de la denominada palabra de Jesús.
Ahora entiendo por qué Castro I fue fotografiado por "Paris Match" leyendo un libro de Hussein O. El cubano, dicen que eterno aspirante a escritor, no sería otra cosa que un penetrado cultural por el "Norte revuelto y brutal que lo desprecia".
Siento vergüenza ajena y lejana por César, que sí tuvo la ambición de ser un escritor, y lo fue.
Más le valdría a cualquier turiferario de Hussein O, si lo quieren a toda costa comparar con César, detenerse en el aspecto estrictamente militar de éste, y ni siquiera en el político.
148 soldados norteamericanos han muerto desde que Hussein O busca decidirse sobre la cantidad de tropas que enviaría a Afganistán, desde el pasado 1 de agosto en que el general McChrystal le sometió su informe.
Dice que se pronunciará a finales de noviembre. ¡Cuatro meses!
El gran Commander in Chief alude a la obtención de un "compromiso" entre militares y políticos, en su gobierno.
Los militares, están todos de acuerdo, el general Petraeus apoya a McChrystal, asi como el secretario de defensa, Robert Gates.
¿Quiénes son los "civiles"? ¿ Joe Biden y Rahm Emanuel?
¿Desde cuándo una guerra se gana con un "compromiso"?
¿Desde cuándo los "civiles" cuentan para determinar una estrategia?
César fue, lo sabemos, un gran militar, un jefe de guerra, un político, un escritor.
Hussein O, hasta tanto no demuestre lo contrario, no es nada de ello.
El turiferario del momento, no sin habilidad gremial, sólo encontró adecuado el compararlo con la vertiente literaria del César.
Debió haberlo pensado mejor, no por el ridículo provocado, sino por la constante imperial que produce la imagen cesariana, asunto contra el cual yo no tengo nada en contra, pero Hussein O sí (entre otras cosas, por ignorancia), aunque en su culto a sí mismo cualquier comparación grandilocuente le es grata.
Que la disfrute pues, con tal de que alguien le sople al oído que Julio César es el autor de "Comentarios a la guerra de las Galias".
Para que no continúen muriendo soldados americanos en Afganistán.

De pelucas y prioridades

Zoé Valdés en su blog, sobre cuáles deben ser las verdaderas prioridades.

domingo 1 de noviembre de 2009

Patricia Petibon, "Mitridate", "Nel grave tormento"

La soprano francesa en esta aria de "Mitridate, re di Ponto", compuesta por Mozart a los 14 años.